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Breve historia de las vacaciones

Periodista:
Patricio Fontana
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¿Vos sos de enero o de febrero?”: sin ambigüedades retóricas, la pregunta definía los márgenes de un mundo que podía extenderse por 31 o 28 días. No más. En los años de mi infancia (lejana, pero no tanto: como de Mar del Plata a Villa Gesell, cien kilómetros que recorrió mi familia en la búsqueda de mayor sosiego), cuando cada vacación exigía la logística de una conquista del desierto por una ruta de doble mano, el baúl cargado de latas en conserva, el acopio de historietas en previsión de un verano sin televisor o la idea tan puritana como ingenua de “desconexión” resumida en las filas eternas en la Cooperativa Telefónica para llamar a la Capital, ser de enero o de febrero decía algunas cosas sobre tu familia, más juvenil o madura, más hedonista o estoica, más expansiva o ajustada, acaso heredera de un padre abogado o psicoanalista. Hoy las vacaciones están jibarizadas, parceladas en quincenas siempre escasas o reducidas casi al ridículo: un fin de semana extendido. Entonces y ahora, una zona fronteriza entre lo mítico y lo profano o, por excepcional, una radiografía que explica por contraste la vida de estos días.

“Las ‘vacaciones’ son un hecho social reciente cuyo desarrollo mitológico sería interesante indagar. Escolares en un comienzo, a partir de las licencias pagadas se han vuelto un hecho proletario, o al menos laboral”, escribió Roland Barthes en sus célebres Mitologías, publicadas en 1957 (1). El semiólogo francés decodifica el tiempo de ocio en un ensayo breve titulado “El escritor en vacaciones”, maravillado ante la circunstancia de que “los especialistas del alma humana están sometidos a la situación general del trabajo contemporáneo”.

Si hace cien años las vacaciones eran apenas el privilegio de los ricos, heredadas de una tradición inglesa del siglo XVIII que convenció a los aristócratas de las bondades de pasar tiempo a orillas del mar, después fueron un recurso para evitar la extenuación escolar de los niños, un derecho otorgado a los trabajadores y un berretín de los bo-bos, bohemios-burgueses que ocuparon sus días de “veraneo” con una actividad tan inútil como simbólica: tomar sol. Soy hijo de la generación de madres profesionales e hiperbronceadas, untadas en sapolán para regalarse al cotilleo en sus horas (¡días!) tendidas como lagartos. “Un cuerpo bronceado era, anteriormente, un signo de trabajo manual y vulgaridad. Las publicaciones periódicas registraban múltiples notas y avisos comerciales de lociones y cremas para liberar al cuerpo del bronceado y aclarar la piel”, escribió la historiadora Elisa Pastoriza en su libro La conquista de las vacaciones (2): “Unos años más tarde, esta tendencia se revirtió y la moda de tomar sol se fue extendiendo por gran parte del mundo occidental. El sol, visto como la cura para todo, se volvió popular. En nuestras costas, rápidamente se impuso como una moda que revolucionó la imagen corporal del siglo XX”.

La adopción de algunos ritos veraniegos (también: los baños de mar o los juegos de azar, con el bingo o el casino convertidos en iglesias seculares) configuró una nueva cultura nacional, exigente en la planificación “productiva”, en términos de ocio, de su tiempo libre. Y ahí donde estar al sol pasó de obligación proletaria a ambición burguesa, siempre en la búsqueda de una idea de la buena salud que cure el cuerpo y aleje la mente del surmenage, nuestra perla atlántica recorrió el camino inverso: de balneario para ricos a edén marítimo de los trabajadores. Por la ruta 2, la clase obrera va al Paraíso.

La conquista de la costa

“No se necesita ser profeta para anunciar que Mar del Plata, con su aire vivificante y sus baños, está destinado a ser un sanatorium de la República Argentina”, celebró el diario La Nación en 1886. “En aquel tiempo las riberas atlánticas carecían de caminos, medios de comunicación, vías férreas y tierras fértiles para la agricultura”, precisa Pastoriza: “Así, hace unos 110 años se iniciaba un proceso de formación de pueblos que dieron lugar a una sucesión de balnearios que implicó una nueva cultura del ocio y el tiempo libre”.

Con las mismas pretensiones de gesta y derroche con que cargarían una vaca en barco para tener leche fresca en sus viajes a Europa, las familias patricias emprendieron su conquista de la costa en un descubrimiento del mar que, desde la planificación urbanística, replicó las molduras y los ribetes de la Belle Epoque en ramblas y palacetes. Si hasta entonces el descanso serrano o campero se distinguía por la placidez silente, Mar del Plata pronto se convirtió en “ciudad inverosímil”, como se dice de Venecia, bulliciosa y ostentosa, rendida ante “el espectáculo de la playa, con la visión de todo aquel mundo civilizado gozando indolentemente de sus sentidos al borde del elemento” (3).

Pero ahí donde las familias pudientes hayan deseado recrear los rituales ociosos y aislados del Lido veneciano, una obra pública integró el balneario con el resto del país: para celebrar el Día del Camino, el 5 de octubre de 1938 se inauguró la ruta 2, punto de unión vial entre las dos naturalezas bonaerenses (la llanura y el mar) y escenario mítico de nuestra formación sentimental como veraneantes: la escala para pedir un yogur de regalo en la fábrica de lácteos o la emoción desbordada del padre que somete a la familia a brindar en el auto a la medianoche del 31 para ser distinguido como “el primer turista de la temporada”. Con la verba exaltada del noticiero “Sucesos argentinos”, un folleto de 1938 marcaba el mojón en la historia: “Con el camino pavimentado se ha terminado la incertidumbre del viajero del automotor. La ciudad debe ahora prepararse para recibir la interminable caravana de automóviles que, procedentes de todos los puntos de nuestro país, habrán de volcar en nuestras playas grandes cantidades de gratos huéspedes”.

“Hasta hace un tiempo, se pensaba que la irrupción del peronismo fue el detonante de la Mar del Plata popular, pero en verdad sólo profundizó un proceso que ya había comenzado en las décadas del 20 y el 30. El peronismo, por supuesto, cambió la ciudad, como cambió el país, pero no produjo un quiebre en ese sentido”, dijo el periodista Fernando Fagnani en una entrevista al diario La Nación publicada por el lanzamiento de su libro La ciudad más querida, una biografía marplatense (4). Sin embargo, a partir de 1946, la primera presidencia de Juan Domingo Perón se encontró con el camino pavimentado para hacer de Mar del Plata, antes conquistada por las elites, la meca de su idea de “turismo social”. Los primeros exiliados en dirección opuesta fueron los veraneantes de las clases altas, que exploraron otros horizontes: la hermosa y maldita Mar del Sur o, más adelante, los recoletos bosques de Pinamar. “La retórica justicialista era rotunda en un punto: no había barreras para el acceso de los trabajadores a estos bienes, hasta ahora, afirmaban, vedados”, escribe Pastoriza. Los empleados de todas las posiciones empezaban a gozar de muchos días seguidos de vacaciones pagas, algunos celosamente custodiados por estatutos generosos, y entonces surgió la noción del “viaje patriótico” como rito iniciático o ascenso a las zonas de prestigio social.

Clase Turista

La voluntad de “descubrir nuestro país” se develó imperativa y, por primera vez en la historia, hordas de turistas transitaron rutas y caminos en un peregrinar por las sierras, las cataratas o las playas, confirmando la utilidad de haber fundado una década antes la Dirección Nacional de Vialidad y la de Parques Nacionales. En el verano de 1945 se sancionó el decreto 1740 que extendía el derecho a vacaciones pagas a todos los trabajadores en relación de dependencia, y en 1950 se inauguró la clase “Turista” en el servicio de trenes a la costa, que ofrecía una tarifa diferencial más baja y descuentos en hospedajes y restaurantes una vez llegado a destino.

En Mar del Plata, reunidos alrededor de los lobos marinos de la Rambla o desparramados en la Playa Popular, la única que no tuvo carpas ni sombrillas pagas, los veraneantes de distintos ingresos compartieron zonas de sociabilización, en un revoltijo inédito. “Las clases medias, que arribaban conduciendo sus propios coches y comenzaban a adquirir los departamentos, popularizaban las playas marplatenses, a las que el discurso oficial señalaba repletas de obreros”, escribe Pastoriza (en aquellos años, el ascenso social era una posibilidad concreta e inaudita, como la que tuvo mi abuelo, un técnico de televisores, de comprar un dos ambientes en la avenida Colón y Lamadrid). “Esta ciudad marítima tenía un denso peso simbólico y en ella estaban escenificadas la mayoría de las prácticas presentadas como la imitación perfecta de aquello que ‘hasta ahora’ había estado reservado para los privilegiados”.

Con la sindicalización masiva que Perón estimuló como secretario de Trabajo, algunos gremios adquirieron viejos hoteles y los reformaron, o construyeron los propios para sus afiliados. “El Hurlingham y el Riviera para los mercantiles, el Tourbillón en el Parque San Martín, que abrió sus puertas para los obreros de la carne (luego adquirido por la Asociación Obrera Textil) y el SUPE, sindicato de los petroleros, que construyó su propio edificio para 1955”, enumera Pastoriza, ella misma directora de la Maestría en Historia de la Universidad de Mar del Plata. Algunos hoteles de estirpe aristocrática pasaron a los sindicatos, como el Royal, adquirido por Augusto Timoteo Vandor en nombre de la Unión Obrera Metalúrgica, “trazando la realidad del hospedaje de las organizaciones sindicales, un fenómeno muy ‘natural’ para los argentinos pero casi único en el mundo”.

Ya en la década del 60, las leyes de Asociaciones Profesionales y de Obras y Servicios Sociales estimularon el boom del turismo sindical, diluyendo las diferencias entre los hoteles, jamás rendidos a la tilinguería de distinguirse con estrellas y ofreciendo habitaciones de comodidades hospitalarias, con sábanas y toallas blancas almidonadas propias de un sanatorio, y desayunos generosos en medialunas y colaciones: el que trabaja duro siempre tiene hambre. “Fue entonces cuando Mar del Plata se torna en forma definitiva un lugar de veraneo de sesgo gremial, convalidado por los casi 3 millones de turistas que en 1973 llegan a sus costas”. Holgados en los días acumulados, ociosos en la suma de los francos compensatorios, los empleados argentinos fogonearon otra de las tantas divisiones posibles del país: los que veraneaban en enero o en febrero.

¡Cuántos días entregados al truco en las carpas, regalados al comentario vacuo sobre los romances fugaces o el sino cruel que, según una mitología mufa, llega con cada enero y se eterniza en el rubro “las tragedias de los famosos”! La conquista de Mar del Plata creó una “cultura del balneario” en la que todos los argentinos se hermanaron: el traje de baño igualitario diluye las jerarquías que sugiere la ropa, en cuanto hábito.

La tentación de seducir a las masas alumbró una oferta teatral que ninguna ciudad balnearia del mundo tiene (concentrada en apenas dos meses, la comedia vuelta tragedia: nacida con pompa para morir pronto) y construyó una idea propia de star-system, módica en sus ambiciones formativas pero eficiente en su sistema playero de celebridades, con las revistas de interés general rendidas al boludeo estival (en los primeros años, Radiolandia y después Gente, con el título inevitable que da entidad editorial al cola-less o los hot-pants: “Las ondas del verano”).

Con la modesta tecnología que proveían los enlaces de microondas, los canales porteños trasladaron su aparatología al lado del mar para capturar todos los movimientos de astros y estrellas en sus asoleamientos vespertinos o en sus libaciones nocturnas, hasta la consagración de la explotación estival en la ya clásica placa roja de Crónica TV: “¡Estalló el verano!”. En el tango, el estribillo del clásico “En la tranquera”, una canción que había sido grabada por Carlos Gardel, actualizó la necesidad del viaje ya no como episodio heroico sino como imperativo veraniego (“A Mar del Plata yo me quiero ir/ sólo una cosa falta conseguir/ lo que yo tengo es mucho coraje/ sólo me falta plata para el viaje”) hasta que en los 60 el hit “Qué lindo que es estar en Mar del Plata” hizo rima fácil al repetir “en alpargatas, en alpargatas”, asociando la ciudad feliz con la libertad que produce liberarse de los mocasines y aflojar los dedos adentro del calzado criollo que el peronismo inmortalizó en la frase de autoría desconocida: “Alpargatas sí, libros no”.

Toda una definición para La Playa, en la que siempre se termina descalzo y donde el más sesudo acaba rendido ante la culocracia de una revista de chimentos.


1. Roland Barthes, Mitologías, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2003.
2. Elisa Pastoriza, La conquista de las vacaciones, Breve historia del turismo en la Argentina, Editorial Edhasa, Buenos Aires, 2011.
3. Thomas Mann, Muerte en Venecia, Editorial Plaza & Janés, Barcelona, 1999.
4. Fernando Fagnani, La ciudad más querida, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2002.