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Adictos tecnológicos

Periodista:
Alex Soojung-Kim Pang
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La próxima vez que se siente frente a su computadora, descargue dos elementos de software. Uno de ellos es Freedom, un programa que bloqueará su acceso a internet durante ocho horas. El otro es DarkRoom (o WriteRoom para los usuarios de Macintosh), un programa de texto con una interfaz clara y simple diseñada para ayudarlo a concentrarse. (Si usted usa Linux ya tiene patente de hacker y podrá encontrar por sí solo las correspondientes versiones de estos programas.) Dedique una semana entera a familiarizarse con los programas y pronto comprobará que mejoran y aumentan su capacidad de escritura y de concentración.

También lo ayudarán a aprender un par de cosas sobre sí mismo. La computación contemplativa requiere experimentación y reflexión: es fundamental probar cosas nuevas, ver cómo afectan su mente extendida y modificar las tecnologías que usted utiliza para contribuir al desarrollo de esa mente y aumentar su capacidad creativa y de focalización.

El programa Freedom es muy fácil de usar. Cuando lo abra, de inmediato aparecerá una caja de diálogo. “¿Cuántos minutos de libertad desea tener?”, le preguntará el programa. Tipee un número, pulse la tecla return... y estará offline. Nada de lo que usted haga podrá restaurar la conexión con internet mientras el reloj continúe en la cuenta regresiva. Si quiere consultar su correo electrónico o su cuenta de Twitter, tendrá que reiniciar la computadora. Y si decide hacerlo, primero tendrá que preguntarse: ¿por qué estoy haciendo esto? Y comprobará en carne propia que esa pregunta, aparentemente inocua, es un disuasivo sorprendentemente eficaz.

La primera vez que el programa me preguntó “¿cuántos minutos de libertad desea tener?”, mi reacción inicial fue de pánico. ¿Voy a estar desconectado? ¿Pero qué estoy haciendo? ¿Me habré vuelto loco? La convivencia con internet nos ha creado una necesidad refleja de estar siempre conectados, aun cuando pensemos que sería beneficioso no estarlo. Y la idea de que tenemos que estar permanentemente online es el primer paso en el camino que conduce a la compulsión de mirar videos y chequear cada cuatro segundos la bandeja de entrada del correo electrónico. Y por supuesto que tengo mi iPod y mi iPad si necesito estar online. No es que haya decidido autoexiliarme en Siberia.

No obstante, chequeo rápidamente el correo electrónico y backupeo los archivos de libros a mi servidor antes de concederme esas dos horas sin internet. Pulso la tecla correspondiente y Freedom anuncia: “Ahora usted está desconectado.
Freedom no responderá hasta que expire su sesión offline”.
Después de pasar uno o dos minutos escribiendo, pulso una tecla para volver a Freedom. El programa no responde: no aparece la barra de menú, no hay un mensaje de “Volver a trabajar”, absolutamente nada. Me recuerda esa escena de El joven Frankenstein en la que el Dr. Frankenstein, interpretado por Gene Wilder (Me pregunto si el videoclip estará en YouTube... ¡Oh, maldita sea, no puedo saberlo ahora!), les dice a Terri Garr y Marty Feldman (Feldman y Wilder también hicieron juntos una película de Sherlock Holmes... ¿La tendrán en Netflix? No sé, no tengo manera de averiguarlo) que no entren en la habitación donde está el monstruo por más que escuchen alaridos que les hielen la sangre (eso me recuerda... no, olvídalo).

No deja de asombrarme la frecuencia con la que, aun en el decurso de un único pensamiento (por lo demás bastante trivial, debo admitirlo), mi mente desea desviarse por otros vericuetos, saltar de una idea a otra, responder tal o cual pregunta... y la facilidad con que la web me permite satisfacer rápidamente mi curiosidad. Lo que hace que la web sea tan absolutamente distractiva es que, muy probablemente, yo podría encontrar ese videoclip, la película podría estar en Netflix, y entre Netflix y la base de datos de películas de internet yo podría perder varios minutos recorriendo los atajos y caminos laterales de la trágicamente breve carrera de Marty Feldman. Nosotros fracasamos con la web porque la web triunfa. O, más precisamente, fracasamos en el intento de permanecer concentrados porque sabemos que a pocos segundos de distancia hay un mundo virtual, inmenso como un parque de diversiones, donde podemos distraernos.

Pero, a menos que reinicie la computadora, no tengo más opción que adaptarme y ponerme a escribir. De vez en cuando me pregunto: ¿tendré algún mensaje nuevo en mi correo electrónico? o ¿Félix Salmon habrá dicho algo acerca de la última crisis monetaria? Y eso es lo único que hago: preguntarme.
No averiguar. No puedo averiguar nada. He desconectado internet. De modo que vuelvo a trabajar.

Después de un rato, mis pensamientos recurrentes pasan del habitual maldita sea, no puedo chequear mi correo electrónico a y bueno... no puedo chequear mi correo electrónico. Eso se parece mucho a la libertad.
El programa Freedom nos muestra que, cuando necesitamos focalizarnos, menos puede ser más. WriteRoom hace otro tanto. Apenas abrimos el programa, WriteRoom se adueña de toda la pantalla: lo único que vemos es un cursor verde titilando sobre un fondo negro. No hay barras de menú, ni tipos de letras, ni ventanas IM acechando en los bordes, ni actualizaciones de status o alertas de correo electrónico haciéndonos señas desde la periferia. La computadora se ve tan tranquila que hasta podría estar apagada: pero el cursor da la sensación de una serena predisposición a ser útil.

Tal vez esto les parezca un castigo cruel, semejante a la desnudez de un calabozo o al despojamiento de una habitación saqueada, a aquellos usuarios acostumbrados al zumbido periférico continuo de los infinitos menús, los “me gusta”, las puntuaciones, las notificaciones instantáneas y las recomendaciones en tiempo real.

Para mí, sin embargo, este minimalismo visual evoca recuerdos de la época en que las computadoras personales parecían ofrecernos un mundo de posibilidades. Si bien yo no conseguía que la mía hiciera muchas cosas –y lo poco que conseguía generalmente requería que ingresara manualmente los programas Basic–, sabía que Apple II, Commodore 64 y TRS– 80 eran las primeras esquirlas de un universo ya trazado por la ciencia ficción, que sólo esperaban ser reorganizadas.

No soy el único que reaccionó de esta manera ante el WriteRoom. Si usted era un adolescente cuando aparecieron las primeras PC a fines de los años 70 y comienzos de la década de 1980, sabrá que el programa WriteRoom tiene el potencial de disparar viejos recuerdos cibernéticos, la nostalgia (estilo cinta de Moebius) de un futuro que estaba por llegar. La escritora Virginia Heffernan se explayó acerca del WriteRoom en términos que en parte remiten a Virginia Woolf y en parte al ciberpunk. “Uno sale disparado hacia lo desconocido, hacia la soledad más profunda, y todas y cada una de sus palabras devienen esa especie de escritura espacial que da inicio a La guerra de las galaxias, escribe. “A aquellos de nosotros que aprendimos a usar el Basic en una Zenith Z19 y conocimos los procesadores de palabras en una Kaypro (¿alguien más?), ese ‘verde sobre negro’ retro nos deja sin aliento.”
Era una época, dice Heffernan, en la que “el misterio de la mente humana y el misterio de la computación parecían iluminarse y ahondarse mutuamente”. Las computadoras eran nuevos mundos a la espera de ser explorados y conquistados. Sentarse frente al teclado no equivalía a adoptar una actitud pasiva o inactiva. Por el contrario: era el comienzo de una aventura, de una búsqueda personal. Esa exploración conllevaba una promesa de cambio: nos haría más inteligentes, nos permitiría controlar ese pequeño mundo (si nos esforzábamos lo suficiente como para develar sus secretos). En los primeros años de las computadoras personales, cuando cada quien debía escribir (o al menos dactilografiar) sus propios programas, era por demás claro que humanos y computadoras se ayudaban mutuamente a ser más inteligentes.

Pero hoy es más probable que sintamos que las computadoras son incomprensiblemente veloces y complejas y que el software diseñado para nuestro uso diario puede ser embotadoramente complicado. Mi copia de Microsoft Word, por ejemplo, tiene 11 ventanas desplegables en su barra de menú. En 10 de esas 11 ventanas están distribuidos 140 comandos y funciones, que abarcan desde “Abrir” y “Guardar” hasta “Señalar para posterior seguimiento” e “Ingresar automáticamente y distribuir”. La undécima ventana tiene más de doscientos tipos de letras, sin contar las numerosas versiones (negrita, bastardilla, subrayada, condensada) de cada tipo. Si los menús desplegables no son su fuerte, podrá acceder gráficamente a esas funciones utilizando la barra de herramientas situada sobre el margen superior del documento. También podrá acceder a otras mediante la barra de herramientas localizada al costado de la pantalla, e incluso a otras usando la barra lateral a la izquierda del documento. Por último, hay seis maneras diferentes de ver el documento: borrador, esquema, vista preliminar, impresión, diseño de página o pantalla completa.
El Word y otros programas similares ofrecen pocas oportunidades a sus usuarios de encontrar lo que Heffernan denomina “misterios iluminadores”, misterios que sí ofrecían –y con creces– otros sistemas más simples y más despojados. Incluso las tecnologías que pretenden salvaguardarnos o volvernos más productivos –las “interfaces user-friendly” que pretenden “protegernos de las zonas oscuras de la tecnología”, en palabras de Heffernan– corren el riesgo de entorpecer involuntariamente nuestras capacidades o nuestra intuición. Pero lamentablemente eso no sólo ocurre frente al teclado de la computadora, y las consecuencias en el mundo real pueden ser mortíferas. Un informe del año 2011 de la International Air Transport Association, dado a conocer poco después de la caída de un Airbus de Air France frente a las costas de Brasil en el año 2009, advertía que los aviones últimamente eran tan sofisticados que los pilotos no tenían la posibilidad de desarrollar y mantener capacidades de vuelo avanzadas. Los pilotos son entrenados para colocar el avión en piloto automático durante la mayor parte del vuelo, tienen cada vez menos horas de experiencia en vuelo manual y les resulta muy difícil manejarse en situaciones de emergencia, especialmente si las emergencias son causadas por problemas del piloto automático o los instrumentos.
Antes de adquirirlo o incorporarlo, necesitamos averiguar por nuestros propios medios si un software más rápido o más complejo realmente constituye una mejora para nuestras vidas. Es fácil suponer que, en la medida en que las computadoras se tornan más veloces y más poderosas, nosotros hacemos otro tanto. Pero décadas de estudios sobre los fracasos de sistemas complejos han demostrado que los sistemas sumamente automatizados nunca pueden eliminar por completo las complejidades subyacentes del mundo, la intratabilidad de las leyes de la física y/o la imprevisibilidad del clima. Y, simultáneamente, hacen que sea menos probable que los pilotos de aviones (o los operadores de centrales de energía nuclear o los gerentes de fondos de protección) tengan una experiencia de primera mano con esas complejidades subyacentes, experiencia que resulta imprescindible para evaluar cada situación y poder actuar con calma, disciplina y conciencia de los riesgos cuando las cosas no funcionan como se esperaba.

Si usted es científico o analista financiero y trabaja con grupos de datos, visualizaciones o simulacros de gran volumen, sabrá por experiencia directa que existen tareas cuya realización le habría demandado al menos dos días antes de la aparición de las computadoras, pero que ahora son triviales, y que hay ciertas cosas que directamente no habría podido hacer.
En esos campos, el software es como la electricidad o los motores: claramente acelera la realización del trabajo. Pero no todo trabajo creativo depende de la velocidad para progresar. Consideremos, por ejemplo, la escritura.
En los veinte años transcurridos desde que comencé a usar Microsoft Word, se cumplió diez veces la Ley de Moore. La Ley de Moore dice que, aproximadamente cada dos años, el poder de las computadoras se duplica. Eso quiere decir que la computadora que estoy usando ahora es aproximadamente mil veces más poderosa que la que utilizaba con el Word 5.1. ¿Eso significa que yo escribo mil veces más rápido? ¿O que algunos de nosotros han alcanzado esa velocidad? ¿Somos capaces de leer mil veces más mensajes de correo electrónico de los que leíamos en 1990? ¿O sólo tenemos la sensación de que es así?
Los programas vastos y abundantes en funciones son complejos. El trabajo creativo también es complejo. Pero no de la misma manera. Los programas radicalmente simples nos ayudan a superar esa complejidad eliminando las distracciones periféricas, bloqueando el mundo exterior y dándonos espacio para pensar y realizar multitareas con mayor eficiencia.
En los últimos tiempos, la capacidad de realizar múltiples tareas simultáneamente ha ganado mala fama, pero lo cierto es que los seres humanos hemos sido multitareas desde siempre. Literalmente. Según algunos arqueólogos, el éxito del Homo Sapiens es producto de nuestra capacidad de realizar tareas múltiples. Uno de los ejemplos más fascinantes de multitareas pretéritos proviene de los experimentos conducidos por Lyn Wadley y sus colegas en la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, en cuyo transcurso reprodujeron antiguos métodos de manufacturación de herramientas de piedra. En la Edad de Piedra los cazadores hacían hachas y otras armas compuestas por filosas hojas de piedra con mangos de madera. La unión de ambas piezas, un proceso llamado colocación del mango o la empuñadura, requería la preparación de poderosos adhesivos hechos con ingredientes naturales que era necesario recoger, mezclar y cocer. Aprender a hacerlo bien seguramente habrá requerido mucha experiencia y habilidad.

Pero Wadley y sus colegas argumentaron que existía otro ingrediente crucial en la preparación del adhesivo: la capacidad multitareas.
Para comprender mejor su argumento recurriremos a las clases de química de la escuela secundaria. En un experimento típico, se mezclaban sustancias químicas en las proporciones adecuadas y en el orden correcto, se las calentaba durante X minutos a una temperatura X, tal vez testeando el pH, tal vez revolviendo la mezcla en un momento crítico o agregando otro ingrediente cuando el compuesto cambiaba de color, pero antes de que cambiara demasiado. Incluso bajo las condiciones protegidas de un laboratorio, cada experimento constituía un desafío. Ahora bien, imagine cómo se las ingeniaría para hacerlo a la intemperie. Usted no cuenta con ingredientes puros; en cambio, tendrá que utilizar ingredientes que ha saqueado, matado, arrancado, cultivado o desenterrado. No puede medir con exactitud el tiempo ni la temperatura porque jamás escuchó hablar del concepto de pesos y medidas estandarizados, y es probable que tampoco conozca el concepto de número. Y tiene que hacer todo eso mientras vigila el fuego para asegurarse de que no se apague, de que no caliente demasiado, de que no se vuelva demasiado irregular o débil. ¿Qué clase de puntaje cree que hubiera obtenido?
En esas condiciones trabajaban los artesanos de la Edad de Piedra, pero no recibían “puntaje” del uno al diez por su trabajo. Ellos sólo conocían dos calificaciones: “vida” y “muerte”.