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Entre la ficción y la política: Tres ataúdes blancos

Periodista:
Kabe Solas
Publicada en:
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Tres heridas

El colombiano Antonio Ungar ganó el Premio Herralde 2010 con una novela de dictadores fantasiosa y delirante en un tiempo en que no se presagian dictaduras en América latina. Tres ataúdes blancos abre interrogantes entre la ficción y la política con un despliegue ligero y armado de un lenguaje eficaz.

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En uno de los pasajes más célebres de la literatura argentina, Domingo Sarmiento traducía (mal) del francés: “A los hombres se los degüella, a las ideas no”. La consigna civilizatoria que ha sobrevivido en nuestra cultura como tenaz forma de resistencia ante las persecuciones ideológicas bien podría servir, por varios motivos, como epígrafe para Tres ataúdes blancos, la novela con que el escritor y periodista colombiano radicado en Tel Aviv-Yafo, Antonio Ungar, ganó en 2010 el Premio Herralde de Novela.

Ambientado en un futuro muy cercano, en una república caribeña dominada por una casta política corrupta y decadente, espacio al que el narrador llama Miranda, el primer cuarto del relato nos introduce de forma aletargada y minuciosa a ese mismo narrador: un hombre antisocial y solitario que vive con su padre y se preocupa obsesivamente por minucias. Pero luego, tres balas disparadas a la cabeza del líder de la oposición al régimen semidictatorial de la República de Miranda y el parecido físico del narrador con el asesinado se entrelazan para darle forma a un plan urdido por los más cercanos amigos del difunto: hacer pasar a nuestro narrador por dicho líder como única esperanza de generar un cambio democrático en el país arrasado, desde hace décadas, por el terrorismo de Estado en un sistema político dominado por el miedo burgués.

Este será el punto de partida de la trama en un camino, de a ratos acelerado y enloquecido, que contendrá todos los elementos de una novela de folletín: romance, persecuciones, crímenes, acción, muerte y algunas metarreflexiones del narrador acerca de su propio texto.

En este esquema, las sustituciones ocuparán un rol fundamental en el relato y se inician en esa primera sustitución de un hombre por otro que habilita una serie de cuestionamientos: ¿Quién es quién si una persona se hace pasar por otra persona ya muerta hasta copiarla en sus mínimos detalles? ¿Cuántas veces puede morir esa persona? Nuevamente entonces, las ideas no se matan. Aunque, en definitiva, si lo que importa es la forma en que una persona se parece a otra, lo que cuenta es la mirada. El nombre ficcional de la república donde transcurre la acción lo contiene: Miranda. La forma de mirar puede ser también la forma en que cierta clase pudiente de Miranda ve con buenos ojos al gobernante criminal porque con sus métodos non sanctos y su protección a los escuadrones de la muerte ha logrado erradicar a la Guerrilla Estalinista, o la forma en que los medios de prensa dependientes del Estado construyen una realidad propia y también la forma en que se puede deformar la realidad hasta hacerla una caricatura, un desvío: una mala traducción de una frase extranjera para direccionar la mirada hacia lo que se quiere.

Precisamente, lejos de ser un intento de literatura realista, el texto trabaja temas complejísimos y trágicos (desapariciones forzadas de personas, campos de exterminio, exilios, entre muchos otros) desde cierto juego irónico que motoriza una reflexión sobre lo que es verdadero y lo que es payasesco en el contexto político contemporáneo o pronto a suceder en América latina. Con un presidente totalitario, retacón y petiso al punto de no llegar a tocar el piso con sus pies sentado en una silla, al que el narrador llama Tomás del Pito y algunos de los juegos de palabras que ese nombre habilita, queda evidenciado que el tono de la novela será, mayormente, sarcástico y zumbón.

 

Ese trabajo con la farsa en la construcción de una novela sobre una república bananera y totalitaria es el modo en que Ungar parece intentar canalizar, en términos contemporáneos, el género de las “novelas de dictadores”, un clásico de la literatura latinoamericana, en un contexto en el que, en principio, ya no tienen un reflejo nítido en la realidad. ¿Qué dictadura o democracia totalitaria encontramos en la América latina actual? ¿En qué actual democracia latinoamericana podría llegar a evolucionar una dictadura enmascarada como democracia? La respuesta a estas preguntas presume asumir una neta postura ideológica-política. Y el texto, por supuesto, no se compromete a hacerlo. A pesar de lo cual, deja abierta la puerta a libres interpretaciones: la última parte de la novela indica al lector que Miranda es un nombre ficticio al igual que los de los otros personajes que protagonizan la trama, dejándole así al lector la habilitación para que reponga esos espacios en blanco.

 

La proliferación de voces que se entrecruzan y la configuración de las hazañas que motorizan el relato se tornan fatigosas cuando se las excluye del tono de burla, y corren el serio riesgo de fosilizar una idea arcaica sobre la realidad latinoamericana. Sin embargo, la pura burla en sí parece una forma un tanto endeble para sostener sobre sus vigas todo el peso de la novela. Los mecanismos producen un relato posmoderno algo ligero, que no deja de entretener, con una vociferación política un tanto ambigua que conforman en su totalidad un thriller edificado en una prosa resistente que es más de lo que suelen ofrecer este tipo de novelas.

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