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El arte expande sus fronteras

Periodista:
Laura Malosetti
Publicada en:
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Han cambiado mucho los modos de hacer arte y llevar una vida de artista. Han cambiado también la lógica y la gestión de los museos, el lugar del artista en la vida pública, la relación del mercado con la producción artística, los lugares de la crítica y la curaduría, la relación entre obra y acontecimiento estético. Las fronteras entre creación y reflexión tienden a difuminarse: hay curadores y teóricos artistas, artistas historiadores, curadores artistas y todas sus combinaciones posibles. Se han roto también las fronteras entre las diversas artes: las poéticas atraviesan los lenguajes y se mezclan en cruces que involucran la creación artística con la reflexión filosófica y la investigación histórica, la política, la economía, los saberes ingenieriles y muchos otros.

Hay, y también en expansión, un "mundo del arte" refinado y en apariencia exclusivo, de difícil acceso para lo que podría llamarse "el común de la gente". Formas de arte complejas, eruditas, radiantes de ironía, arte de procesos, de fragmentos, de archivos, instalaciones. Obras que apelan más a la capacidad de abstracción filosófica de un público restringido que a un efecto espectacular o a una idea de belleza convencional. Sin embargo, el mundo del arte global (que involucra bienales y trienales, exposiciones en los grandes museos, ferias y otros eventos), convoca cifras inmensas, cada vez mayores, de personas ávidas por penetrar en el goce de su contemplación y desciframiento de sus secretos. Con un ritmo regular y sostenido un número cada vez mayor de grandes exposiciones como las de Kassel, Venecia o Sao Paulo atrae a un número creciente de turistas de todo el planeta. Tal vez en esa extrañeza resida su encanto. O tal vez sus fronteras sean mucho más permeables de lo que suponemos.

El arte aparece como una dimensión de la vida humana en continua expansión. Si entendemos por arte modos de vincularse creativamente con el entorno y con los otros, zonas de sensibilidad estimuladas por la inteligencia (y viceversa), maneras nuevas y diferentes de enfrentar condiciones de vida adversas, violentas o deshumanizadoras, de entender y comunicar ideas y sentimientos acerca de la historia, la política o la propia existencia, destellos iluminadores, modos de interpelar, en fin, a la tradición y al presente, su espectro se abre hacia límites insospechados.

Pero más allá o más acá del glamour de la escena global, también se multiplican formas artísticas profundamente locales y no por ello menos significativas, aunque lo sean para una comunidad específica. La resistencia y la lucha por los derechos humanos inauguraron en la Argentina desde los años sesenta y setenta formas de creatividad que señalaron un rumbo a manifestaciones públicas que apelan a la creatividad estética. La debacle de la economía argentina en 2001 estimuló alianzas entre jóvenes artistas y movimientos de trabajadores que quedaban sin empleo, que necesariamente debían hacerse visibles para expresar su protesta. Fábricas de grisines o laminadoras de metales se transformaron en usinas creativas, en las que la producción gestionada por los trabajadores cobró visibilidad gracias a su interacción con manifestaciones artísticas, algunas tan efímeras como un relámpago en plena calle.

De la mano de esta expansión del mundo del arte, las reflexiones sobre sus diferentes dimensiones y significados también se ha multiplicado. En este sentido, pocas disciplinas como la historia del arte han tenido un crecimiento tan sostenido y profundo en la Argentina reciente. Pocas, también, han sido objeto de tantos debates acerca de sus objetos, sus métodos e incluso sus propios fundamentos como disciplina.

Los estudios sobre arte han crecido por fuera de los marcos rígidos de la disciplina más tradicional, contaminándose con los estudios culturales, con la estética contemporánea, con la antropología, la sociología, la historia cultural, la economía. Y eso los ha enriquecido mucho. Pero además de esta vía de renovación, que podríamos llamar teórica, otra vía no menos importante ha sido la ampliación exponencial de sus objetos de estudio, o sea, de lo que entendemos por arte: imágenes múltiples, impresas sobre todo tipo de soportes, medios audiovisuales y virtuales; las artes efímeras, celebraciones y fiestas, manifestaciones estéticas antes consideradas "menores" o "artesanales". La fotografía, el diseño de objetos, de libros, de paisajes y jardines, los mapas, la moda y las industrias del lujo, se incorporan gracias a renovadas preguntas por la cultura visual, los lugares y soportes de memoria, el poder de persuasión de las imágenes y su relación con la cultura, la sociedad, la economía y la política.

Nuevos objetos y nuevas miradas sobre los viejos objetos han permitido a los historiadores del arte proponer ángulos insospechados desde los cuales volver a pensar - a partir de la escena contemporánea - la historia cultural, social, material. Ya no es posible pensar en una historia lineal y progresiva sino en historias multiplicadas, que trasciendan la contingencia de la crítica y la reflexión estética para volver a pensar el arte en sus múltiples inscripciones en un entramado complejo.

El arte es transformador. Marcelo Lo Pinto escribió esta contundente afirmación a la entrada del Museo de Artes Visuales de Mechita (un pueblo que fue ferroviario y hoy tiene apenas 1500 habitantes). Una flecha roja señala un transformador enorme de alta tensión que no pudo moverse del acceso al viejo galpón ferroviario que Juan Doffo, (nativo de Mechita), transformó en museo de arte contemporáneo. Valga este ejemplo como metáfora.