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Libros: Pintores en la literatura: los límites del arte

Periodista:
Fernando Bogado
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El clásico trabajo de Gottold Ephraim Lessing, Lacoonte, de 1766, ya proponía una serie de distinciones que siguen siendo elocuentes en la actualidad en lo que a poesía (bah, literatura) y pintura se refiere: mientras que el primero es un arte que se desarrolla en el tiempo, el segundo lo hace en el espacio, algo que cualquier cuadro comparte con la escultura, por ejemplo. ¿Cómo, entonces, relacionar algo que tiene que ver con la dimensión temporal con algo que tiene que ver con la dimensión espacial?

Cualquier obra literaria tiene como tema su propia, compleja, definición: hacer participar a un artista que se desempeña en otra práctica artística, como la pintura, muchas veces resulta la mejor estrategia para poder referirse a problemas estrictamente literarios. En lugar de la diferencia que se establecía en Lacoonte, tendríamos que pensar aquí una similitud, algo que opera en la medula de la literatura y la pintura que habilita estas meditaciones. Aquí, cinco recomendaciones para adentrarnos en estos problemas.

La obra maestra desconocida, de Honore de Balzac

Uno de los relatos más intrigantes de la producción de Honore de Balzac, escritor fundamental del siglo XIX –hasta el punto de que Oscar Wilde haya afirmado que este siglo bien podría ser un invento del citado escritor francés-. En esta nouvelle (o novela corta), tres pintores comienzan un debate acerca de la naturaleza de la obra de arte en torno a un cuadro llevado adelante por el más anciano del grupo, Frenhofer. Luego de que el más joven convenza a su novia para que pose desnuda frente al anciano con el objetivo de ver el cuadro del maestro, la revelación del lienzo pone en cuestión toda la serie de discusiones en torno a la técnica y al complejo vínculo que existe entre la obra de arte y la naturaleza o vida que estos tres pintores venían llevando adelante: ¿hasta qué punto la naturaleza puede ser representada por el arte? ¿No es la obra una forma de desbordar la propia naturaleza o apenas es un intento por mostrar la belleza de lo que está por fuera del cuadro?

La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón

Mark Rothko, uno de los personajes principales de esta breve novela de Ricardo Menéndez Salmón, fue uno de esos pintores definitivos del siglo XX. Obsesionado por el color y la transformación del cuadro en un paisaje, lo que podemos ver en sus trabajos son despliegues de enormes manchas apenas rayadas por alguna que otro línea o bloque de color contrastante que marca, repite, representa (y cada uno de estos términos es, en sí, una idea diferente de la labor artística) el horizonte. Menéndez Salmón pone en línea el trabajo de este escritor real con la de uno imaginario, un tal Adriano de Robertis que lleva adelante, en 1350, la creación de un cuadro, como mínimo, escandaloso: la Virgen barbuda. ¿Qué es lo que se puede representar en una obra? ¿Cuál es el estricto límite moral, físico o metafísico de un cuadro, del Arte, en general? A medio camino entre la narración y el ensayo, este pequeño texto de Menéndez Salmón es una lectura más que recomendable.

La viuda de los Van Gogh, de Camilo Sánchez

El destino de una obra puede ser el olvido. Kafka, por ejemplo, dejó todos sus manuscritos a su amigo Max Brod para que los incinerara: ¿qué hubiese pasado si esa obra fundamental conocía el fuego y no el capricho del propio Brod por publicar los trabajos de su fenecido amigo? Camilo Sánchez se hace la misma pregunta pero con respecto a otro artista fundamental, el pintor Vincent Van Gogh, a partir de la ficcionalización de la vida de su cuñada, Johanna Van Gogh Bonger, quien con sólo 28 años, recientemente enviudada (Théo, el hermano de Vincent, muere seis meses después del fallecimiento de su hermano) da el puntapié inicial para la consagración del propio Van Gogh: la primera muestra de 15 de sus trabajos en La Haya, Holanda.

 

El novelista ingenuo y el sentimental, de Orhan Pamuk

Orhan Pamuk ha confesado en más de una oportunidad que, hasta sus tempranos veinte años, estaba convencido de que sería un pintor. El cambio surgió por este amor por la narrativa con el que se encontró, precisamente, desde la pintura. Será por eso que en este libro, resultado de una serie de conferencias dadas en el año 2009 en la Universidad de Harvard, medita en torno a la escritura de novelas desde diferentes ámbitos o problemas para terminar en la equiparación de esa escritura con la creación de un cuadro. Quizás, agrega Pamuk, junto con la tan mentada “palabra justa” que buscaban hasta la obsesión escritores como el francés Gustave Flaubert haya que poner otra búsqueda igual de importante: la de la “imagen justa”.

El túnel, de Ernesto Sábato

Un texto clásico de la literatura nacional, un crimen que pone en juego el destino de un hombre, el pintor Juan Pablo Castel, quien encuentra en la figura de María Iribarne no sólo el contrapunto de una personalidad obsesiva sino, también, el motor de una existencia compleja y pesadillesca. Sábato se detiene en la pintura para mostrar, precisamente, el punto negro, la ambigüedad y la angustia a la cual está sujeto cualquier ser humano… ¿Qué es la existencia sino este debate sin resolución entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre el destino presentido y el más caótico libre albedrío? Como diría Sartre, otro existencialista, francés él, la libertad es algo a lo cual el hombre está condenado.

Por Fernando Bogado