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Emmanuel Carrère: “Quise profundizar mi perplejidad”

Periodista:
Ana Prieto
Publicada en:
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"Rusia es para Europa uno de los enigmas de la esfinge” escribió a fines del siglo XIX Fiódor Dostoievski. “Se inventará el movimiento perpetuo o el elixir de la vida antes de que los hombres de Occidente lleguen a comprender la realidad rusa, el espíritu ruso, el carácter ruso y sus tendencias”.

 

 

El escritor francés Emmanuel Carrère no tenía precisamente la intención de comprender la realidad y el espíritu ruso cuando le pidió una entrevista a Eduard Limónov para publicar un reportaje. Y en parte no tenía esa intención porque Rusia nunca fue una novedad para él. Su madre, Hélène Carrère d’Encausse, descendiente de una familia de Georgia –país al sur del Cáucaso que formó parte del Imperio Ruso primero y de la Unión Soviética después, además de ser la cuna de Stalin– es una renombrada especialista en Rusia que predijo la caída de la URSS en 1978, cuando muchos le anticipaban largas décadas de salud. Es también una de las pocas mujeres que tienen el privilegio de ser parte de la Academia Francesa. Y a causa de la montaña de obras que recibía debido a sus investigaciones, era además la poseedora de un libro titulado El poeta ruso prefiere a los negrazos, que tenía una curiosa dedicatoria: “Para Carrère d’Encausse, del John Rotten de la literatura”. El entonces veinteañero Emmanuel Carrère, que a diferencia de su madre sabía quién era Johnny Rotten, se lanzó a su lectura, aunque Hélène, que sólo lo había hojeado, dijera que era “aburrido y pornográfico”.


El autor del libro era el ucraniano Eduard Veniamínovich Savenko, autobautizado Limónov (juego de palabras entre la acidez del limón y una granada de mano), y el contenido –su alucinada vida en Nueva York entre 1975 y 1980, donde alternó con la elite cultural, trabajó en un triste diario para rusos y fue sirviente en la casa de un millonario, todo hilvanado por borracheras siderales, indigencia, encuentros sexuales con hombres y mujeres y un acercamiento fútil a trotskistas estadounidenses– no le pareció en absoluto aburrido a Carrère. Y llegó a conocerlo personalmente en los círculos literarios de París, donde Limónov se movía sin un peso y con una fama de escritor underground, divertido y alborotador que estaba muy lejos de la idea que los parisinos tenían de los intelectuales rusos, barbudos, solitarios y demasiado graves.

 

Limónov no era un intelectual y despreciaba la idea de serlo. Y tan cierto como que en París escribía con una disciplina espartana, era que sus libros no alcanzaban el éxito esperado. Su público era prolijamente cautivo y debía resignarse a ser un autor de segunda. Volvió a Moscú en 1989, y pronto llegaron rumores a París acerca de que Limónov se había puesto activamente del lado de los serbios en la guerra de Bosnia. Se supo luego que había fundado en Moscú el Partido Nacional Bolchevique y que sus seguidores, con el puño en alto, gritaban “¡Stalin!” y “¡gulag!” sin empacho. Nadie dudó en considerarlo un fascista y un loco, entre ellos, Carrère.


Pero llegó el año 2006 y la gran periodista Anna Politkóvskaya, una de las pocas personas que investigaban los crímenes del estado ruso en Chechenia, fue asesinada de cuatro balazos. Como Carrère algo sabía sobre Rusia (además de la trayectoria de su madre, había filmado un documental en la pequeña ciudad de Kotelnitch en 2003, y pronto publicaría Una novela rusa, en la que intenta encontrar las huellas de su abuelo materno, acusado de colaboracionismo con los nazis, y desaparecido en Burdeos en 1940), una revista le pidió un reportaje acerca de la vida y el trabajo de Politkóvskaya. Su estadía en Moscú coincidió con una manifestación frente al teatro Dubrovka, para pedir justicia por la masacre del año 2002, cuando terroristas chechenos tomaron rehenes durante un musical, y como respuesta la administración de Vladímir Putin ordenó gasear por igual a atacantes y espectadores. En esa manifestación, Carrère vio a Eduard Limónov por primera vez en más de quince años. No se acercó; no sabía con qué tipo de persona iba a encontrarse, dado su reciente currículum. Sin embargo, en su investigación sobre Anna Politkóvskaya, se asombró al descubrir que ella consideraba a Limónov y a sus seguidores como personas valientes, íntegras e idealistas, lo mismo que Elena Bónner, viuda del Premio Nobel de la Paz, Andréi Sájarov.

 

Así que Carrère decidió averiguar quién era al fin y al cabo ese hombre. Y lo que empezó como un reportaje más o menos profundo, terminó en un libro de 400 páginas que es ya un best-séller multipremiado. Limónov es el retrato no sólo de un personaje complejo y avasalladoramente atractivo, sino también de los últimos años de la Unión Soviética y de los primeros años del post-comunismo. Es una narración de excesos personales e históricos, de frustraciones íntimas y sociales, de la sed abrumadora por ser alguien, y de los extraños frutos que nacen del control y el descontrol.


Carrère maneja la no ficción con una técnica personalizada que a él le resulta tan natural como inevitable, pero que otros cronistas podrían considerar incómoda o llanamente inadmisible. Y lo hace desde ese libro del año 2000 que lo consagró como gran autor del género: El adversario, una historia explosiva y oscura de menos de doscientas páginas acerca de Jean-Claude Romand, un mitómano que al verse acorralado por dieciocho años de mentiras, decide asesinar a aquellos cuya mirada iba a ser más intolerable cuando se supiera la verdad: su esposa, sus dos hijos pequeños y sus padres. En De vidas ajenas (2009) Carrère explora, a través de personas que eran anónimas hasta que él decidió reconstruir sus historias, las pérdidas afectivas más insoportables y la fuerza poderosa del amor y la empatía. Pareciera que Carrère puede moverse en cualquier tema con la única condición de comprometerse profundamente, no como cronista ni como investigador, sino como ser humano.

 

-Para entrevistar a Limónov prácticamente convivió con él durante dos semanas. ¿Fue difícil mantener una distancia prudente respecto de quién sería su personaje?

 

-No, no fue realmente difícil. En ese momento mi intención era escribir una historia para una revista. Lo que resultó a la vez confuso e interesante fue que no sabía qué pensar acerca de él. Y después de dos semanas de pasar casi todo el tiempo con Limónov, no sabía más que al principio. Creo que esa es la razón por la que decidí escribir un libro.

 

-Para entenderlo...

 

-No necesariamente para entenderlo, sino más bien para profundizar en mi perplejidad.

 

-Es evidente que lo que le choca más sobre su vida es su capítulo en los Balcanes.

 

-Sí. En Internet todavía se puede encontrar un documental de la BBC en el que se lo ve a Limónov disparando en el sitio de Sarajevo bajo la benevolente mirada de Radovan Karadzic. Lo perturbador para mí no fue sólo que él estuviese en el bando incorrecto, sino mi sensación de que estaba ridiculizándose, lo que es, también, un problema al escribir acerca de alguien. Por eso dejé el libro durante un año.

 

Carrère se refiere al documental Serbian Epics del director polaco Pawel Pawlikowski, y de hecho la escena en la que aparece Limónov detrás de una ametralladora se encuentra en Youtube. Al ser interrogado al respecto años después, dijo que estaba disparando al vacío, y aunque en efecto la secuencia parece transcurrir en colinas muy lejos de potenciales víctimas, es violenta y desoladora.

 

-¿Y qué lo conmueve más de Limónov?

 

-Diría que su coraje, su vitalidad, su energía y también su fe en algún tipo de ideal, que es el ideal de un niño. Puede resultar inmaduro, puede resultar insensato, pero también puede ser admirable. La etapa que prefiero de su historia es la que transcurrió en la cárcel, donde se comportó como el héroe que intentó ser durante toda su vida.

 

Limónov tenía cincuenta y ocho años cuando el FSB (conocido también como ex KGB) lo encerró en 2001, bajo delitos de terrorismo, organización de banda armada, posesión ilícita de armas de fuego e incitación a actividades extremistas. Lo cierto es que el Partido Nacional Bolchevique, aunque muy activo en sus manifestaciones contra el gobierno, estaba lejos de ser una amenaza para su estabilidad y de organizar atentados. Y una de las tesis más complejas que sostiene Carrère es la semejanza entre su dantesco personaje y el ya por tercera vez presidente de Rusia, Putin: niñez humilde, padre militar de bajo rango, nostalgia por el comunismo y desprecio por la debilidad. Carrère está seguro de que Limónov sería igual a su némesis de haber llegado al poder. Lo cierto es que no hay manera de saberlo.

 

-¿Qué pensó Eduard Limónov de su libro?

 

-Dijo que no haría comentarios, y creo que es una posición inteligente. ¿Qué podría decir? ¿Que hay cosas que están mal, que hay errores? Sin duda los hay, pero no es, finalmente, muy interesante señalarlos. O podría decir también que no está de acuerdo con determinadas declaraciones u opiniones que tengo acerca de su vida. Me parece bien que haya preferido no decir nada, pero es obvio, y no lo ha ocultado, que le alegra el éxito del libro en Francia y otros países. Lo considera como una resurrección. Está bastante agradecido.

 

-Además de la historia de un personaje potente, “Limónov” es una vía para contar los últimos años de la Unión Soviética y lo que vino poco después. ¿Por qué a través de alguien así?

 

-Tenía la idea de que él era un gran personaje para una novela, primero porque de hecho es un personaje novelesco, al estilo de los de Alexandre Dumas, por todo lo que ha acontecido en su vida y porque es verdaderamente un aventurero. Pero también podía ser el gran personaje de un libro de historia, y que es, sí, un libro sobre los últimos veinte años del comunismo y lo que ocurrió tras su caída. Es un período muy caótico, poco explorado, y demasiado contemporáneo. Refiere a muchas cosas que personas de mi edad y más jóvenes hemos vivido; cosas que son parte de nuestro presente, que hemos leído en los diarios, y visitar ese período a través de un personaje extraño y menor me pareció un gran reto; uno muy interesante.

 

Parte de ese reto consistió en sumergirse en la abstrusa ideología de Limónov, donde hubo sitio para Lenin, Mussolini, Hitler, Lao Tsé, el Che y Rosa Luxemburgo. Y cuando le preguntaron por qué un escritor rebelde e indoblegable se mostraba abiertamente nostálgico del comunismo y hacía, en uno de sus libros, una apología de la KGB, Limónov contestó: “No soy un disidente, sólo un delincuente”. Pareciera que cierta arista del espíritu y el carácter ruso, cuyo desconocimiento reprochó Dostoievski a los occidentales, resulta accesible sólo a través de personajes inclasificables, como los que creó en novelas como Los demonios o Los hermanos Karamázov .

 

-Se ha dicho que “Limónov” es una biografía, una biopic, usted acaba de referirse a un “libro de historia”. ¿Cómo describiría su texto?

 

-No lo describo, no le doy ningún nombre, podés llamarlo como quieras. No me importa y estoy de acuerdo con cualquier denominación que se le dé. Es un libro.

 

-Hasta la publicación de “El adversario” usted era esencialmente un novelista. ¿Cuáles son, a su criterio, las diferencias más incuestionables entre los procesos de escritura de ficción y de no ficción?

 

-En un libro como éste no imagino nada. Si hay algo que no sé, no lo invento; pongo al lector al tanto de mi ignorancia. Por otro lado, Limónov puede considerarse una novela: aunque no sea ficción, tiene todos los trucos y recursos de una novela, y puede extraerse de allí el placer que se siente al leer una. Pero además, y esta es una de las diferencias principales, cuando escribís sobre personas reales, personas que existen, sus sentimientos tienen que importarte. En algunos libros estuve muy pendiente de eso, pero no me preocupé demasiado en lo que respecta a Limónov . El es una figura pública. Me alegra que esté contento con el libro, pero si no lo estuviera, no me importaría. Limónov escribió acerca de personas de una manera muy, muy violenta, así que no consideré que fuese mi deber ser amable con él. Pero bueno, si está contento con el libro, mejor.

 

-Una de las promociones de “Limónov” en la Argentina dice que la reconstrucción de la vida de ese personaje apasionante es también una excusa para que usted “continúe contando su historia personal”. ¿Qué opina?

 

-No tengo necesidad de “excusa” alguna. No creo en la objetividad y es menos el narcisismo que la honestidad lo que me lleva a hacerle saber al lector quién está contándole la historia, por qué y cómo.

 

-¿Quién fue más difícil de abordar, Limónov o Jean-Claude Romand, el asesino de su libro “El adversario”?

 

-De lejos, Jean-Claude Romand. Es un personaje terrible. Estuve sumergido por unos siete años en una especie de abismo depresivo mientras trabajaba sobre él, cosa que no me ocurrió con Limónov. Como dije antes, hubo un momento en que lo odié, en que me hartó. Es cierto que no es una persona muy recomendable ni muy decente, que podés decir que es un mal chico, pero de alguna manera me gusta. Y no fue una mala compañía.

 

© Ana Prieto, revista Ñ