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El libertario trashumante

Periodista:
Guillermo Belcore
Publicada en:
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Sir Winston Churchill decía "Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". Más que un espacio nacional, se trata de una atrayente y brutal civilización -mitad occidental, mitad oriental- que por derecho propio ha cautivado tanto a eruditos y estadistas como a literatos.

 

 

En efecto, desde Norman Mailer a Haruki Murakami son legión los que han aceptado el reto y convirtieron fragmentos de la historia rusa en material literario. En esta venerable tradición se encuadra "Limónov" (Anagrama, 397 páginas), multipremiada obra proveniente de Francia. La mejor definición del libro quizás la haya redondeado el diario Le Point: Imposible soltarlo.


Cuando el estrépito audiovisual o la falta de compromiso con lo trascendente terminen de ahogar a la ficción literaria, cuando fatalmente se piense que ya no resta nada por inventar, acaso quedarán tallándose sólo joyas como ésta: biografías noveladas. Es decir, novelas que reconstruyen la estela de las meteoros -libres pero peligrosos- que surcan los cielos de una época y deslumbran a sus semejantes. Existencias novelescas que satisfacen la vieja máxima de Nietzsche: convierte tu vida en una obra de arte. Como la de Roberto Bolaño, Jack Kerouac o Jorge Luis Borges, poemas en sí mismos. Pero también como la de Eduard Limónov, el Johnny Rotten de las letras eslavas.

 

Emmanuel Carrre (París, 1957) reconstruye las peripecias de un aventurero ruso "magnífico pero capaz de actos monstruosos". Un tarambana sexy, astuto, divertido, "que tiene a la vez el aire de un marino de juerga y una estrella de rock". Un outlaw, un perro rabioso aficionado a la provocación y a la vida heroica, con un aura que se percibe a cien metros de distancia. Limónov, que hoy frisa los setenta años, fue "vándalo en Ucrania; ídolo del underground soviético; mendigo y después ayuda de cámara de un magnate en Manhattan; escritor de moda en París; soldado perdido en los Balcanes y ahora, en el inmenso desmadre del poscomunismo, viejo jefe carismático de un partido de jóvenes desesperados".


Con esa exorbitante materia prima, trabaja una novela que -aunque suene prematuro postularlo- tiene cualidades como para ser elegida como la mejor del año. Hay críticos que, incluso, han llegado a compararla -con razones atendibles- con "A sangre fría" de Truman Capote.

 

EL NIETZSCHIANO

 

El gran mérito del texto es que no sólo retrata una personalidad con "el ímpetu vital que solemos encontrar en las obras de Henry Miller", sino que también explora con sensatez cincuenta años de historia rusa. El anverso y el reverso de la Unión Soviética. La diáspora en Estados Unidos y Europa. Gorbachov y el caos que generó el colapso del imperio comunista. Las matanzas en la antigua Yugoslavia. La democradura de Putin. Un recorrido fascinante (por algo la madre del autor, Hélene Carrere, es académica experta en el país eslavo). Carrre hijo, uno de los más aplaudidos novelistas franceses contemporáneos, ha alcanzado aquí el estadio más alto de la prosa con ambiciones: la creación oceánica que logra enlazar un destino individual con el devenir colectivo. Y todo viene, en lo que al estilo se refiere, muy bien servido.

 

El relato se entretejió combinando hebras nobles: retórica elegante, figurones de la vida real (como Joseph Brodsky o Werner Herzog o Arkán), sintaxis perfecta, erudición, retazos de las propias experiencias de Carrre, profundidad psicológica. Se tiene la impresión, siempre, de que hay en el timón de la novela un capitán muy ingenioso.


LO FASTIDIOSO

 

 

Ahora bien, cómo es el Limónov-escritor de culto en París y Moscú. El hombre cuyo principio existencial quema los dedos: "lo único fastidioso es morir siendo un desconocido". Una curiosidad tronante que -¡ay!- aún no ha sido traducido al castellano, capaz de extraer oro de aceptable calidad de sus vivencias en el fango o el palacio.


Hacedor de libros "buenos, simples, directos, llenos de vida", antes de dedicarse de lleno a combatir codo a codo con los serbios de Karadzic y a fundar en Rusia el Partido Nacional Bolchevique. Carrre nos obsequia un fragmento, no sin poética, de "Diario de un fracasado".

 

Copiamos: "Vendrán todos. Los vándalos y los tímidos; éstos saben pelear. Los traficantes de drogas y los que reparten los anuncios de burdeles. Los masturbadores, los clientes de las revistas y de los cines pornos. Los solitarios que deambulan por las salas de los museos o consultan en las bibliotecas cristianas y gratuitas. Los que tardan dos horas en tomar a sorbitos sus cafés en McDonald"s y miran tristemente por el ventanal. Los fracasados en el amor, el dinero y el trabajo y los que han tenido la desgracia de nacer en una familia pobre. Los jubilados que hacen cola en el supermercado, en la fila reservada a los que compran menos de cinco artículos. (...) Los homosexuales, unidos de dos en dos. Los adolescentes que se aman. Los pintores, los músicos, los escritores cuyas obras no compra nadie. La grande y aguerrida tribu de los fracasados, losers en inglés, en ruso nieudáchnicki. Vendrán todos, tomarán las armas, ocuparán una ciudad tras otra, destruirán los bancos, las oficinas, las editoriales y yo, Eduard Limónov, iré en la cabeza de la columna, y todos me reconocerían y me amarán".


Al protofascismo de Limónov, de "la vida tal cual es", de existencias de primera y de segunda categoría, y de la agitación ultranacionalista, Carerre le opone en una novela memorable un sutra de Buda al que define como la cumbre de la sabiduría: "el hombre que se considera superior, inferior o igual que otro hombre no comprende la realidad".

 

© Guillermo Belcore, La Prensa