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“Los héroes terminan siendo personajes de dudosa moral”

Periodista:
Silvina Friera
Publicada en:
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La atmósfera se tensa al límite. Cada página leída es como recibir una descarga eléctrica. Puro vértigo, adrenalina al máximo, la inminencia de una detonación, de una dramática descomposición moral y social. Una historia siempre se construye como una bomba, para que estalle en algún momento, se podría afirmar parafraseando a uno de los narradores de Entre hombres, novela negra de Germán Maggiori publicada en 2001 y recientemente reeditada por Edhasa. Este bombazo, en el borde del colapso económico y político que se avecinaba, ponía en imágenes acaso demasiado explícitas –insoportables por su crudeza– lo atroz de la realidad de ese presente, hace más de una década. El libro se abrió camino en cámara lenta. Tuvo una recepción inversamente proporcional al alto impacto que implica su lectura, literalmente un cross a la mandíbula. En el ámbito académico fue Elsa Drucaroff la más entusiasta de sus lectoras; lo hizo circular entre sus alumnos y contribuyó a que subsistiera y sea recuperado. Otro actor clave es Ricardo Piglia. En la contratapa de la actual edición advierte que “es la novela que me llevaría a una isla desierta (para no ilusionarme con lo que me espera al volver)”.

 

Cuatro líneas argumentales –y cuatro narradores– se van imbricando entre el 2 de marzo y el martes 30 de abril: una orgía en la que participan un juez federal y un senador nacional y que termina con la muerte por sobredosis de una prostituta; un par de policías que andan investigando y deambulando por ahí; un grupo de amigos pasados de raya por la cocaína que se reúnen en el Club Amigos de Fernet; y dos ladrones, el Mosca y el Zurdo, hundidos en los excesos, en una violencia sin fin. Pesimismo rabioso en un mundo brutal, sin esperanza.

 

Hay escritores que se toman su tiempo para escribir. Su metabolismo funciona a contrapelo de la celeridad que suele imperar en el mercado editorial. Maggiori –una especie de James Ellroy rioplatense cruzado con Roberto Arlt– pertenece a esta estirpe de narradores. Su primera novela, Entre hombres, obtuvo el primer premio en el concurso La Resistencia/Alfaguara, realizado en México. “Como no soy genial, tengo que corregir mucho, reescribir y reescribir. A este ritmo me va a costar mucho vivir de la literatura”, dice el escritor a Página/12. La comodidad ganó la primera vuelta de la partida vocacional. Estudiar odontología, como su padre, era la vía más segura en el horizonte inmediato. “Nunca quise estudiar Letras porque pensaba que me iba malograr en Puán. Y creo que hice bien, por ahora. La odontología es un medio digno de subsistencia.”

 

–¿En qué sentido creía que se iba a malograr?

 

–En el sentido de meterme un montón de teoría que a la hora de escribir me inhibiera. Que es lo que pasa con los estudiantes de Letras. No creo que los escritores se formen en la facultad de Letras. Me parece que no están ahí. Hay escritores que valoro y han estudiado Letras; pero son más las excepciones que la regla...

 

El odontólogo extraía muelas, arreglaba caries y salvaba algún que otro diente con tratamientos de conducto en su consultorio del conurbano bonaerense y lidiaba, como podía, con el pánico que generan los dentistas en el imaginario de sus pacientes. Mientras tanto empezaba a escribir unos cuentos, antecedente de Entre hombres, protagonizados por un grupo de pibes que por entonces Maggiori sentía próximos a su vida. “Era esa generación de los pibes adictos, fruto del uso que hizo (Carlos) Menem de abrir la canilla de la cocaína y dejar que prácticamente toda una generación se anestesiara en ese proceso. Viví una buena parte de mi vida en José Mármol, y como odontólogo me tocó atender también a policías. Conozco muy bien a esa fauna. En el momento en que escribí la novela estaba con un grupo de gente que podía tener ligazón con este mundo medio turbio, medio oscuro, de los chorros. Escuchaba con atención las anécdotas que me contaban y cómo me las contaban. Me documenté sobre todo para la jerga policial y la de los chorros también. En ese sentido hubo un trabajo de investigación, mucha lectura de diarios y de libros.”

 

–¿Cómo trabajó con “la lengua de los bajos fondos” en la novela?

 

–La verosimilitud está muy trabajada en la novela; manejé un registro acotado para no exagerar con “el color local”, con la jerga, que también es una herramienta para manejarse con determinados códigos. Hay una sustitución de cada palabra por otra, que en definitiva lo que hace es ocultar el significado último de lo que se refiere. En esa búsqueda, en esa construcción, estuve laburando bastante porque por un lado estaba la policía, que se maneja con códigos bien específicos. Y por otro, los chorros. Y cada uno tiene su lengua. Y laburé no desde la experiencia directa, sino desde la apropiación. Borges decía que no hay escritores que hayan sido cuchilleros. Cuando hablaba de la gauchesca misma, decía que, por el corrimiento de las fronteras o el avance del progreso, los escritores se encontraron con los gauchos y se apropiaron de la voz y de la experiencia del gaucho; normatizaron el lenguaje y lo convirtieron en un género. Quizá podría decirse lo mismo de los personajes de Arlt, aunque él tiene más experiencia directa. Uno se apropia no solamente de la lengua, sino de la experiencia. Borges hablaba de la “omisión verosímil” cuando planteaba cómo logró (José) Hernández el tono de la gauchesca, tomando lo que había escrito (Antonio) Lu-ssich. El tono justo está en no exagerar y en no quedarte corto. Aplicado a mi novela, salvando las poderosas distancias, el recurso es similar.

 

–Algo de ese corrimiento de las fronteras también irrumpe en la novela entre delincuentes y policías, ¿no?

 

–Hay personajes de las fuerzas de seguridad que viven reciclándose. Levantás cualquier baldosa de los servicios y hay tipos que vienen laburando desde la dictadura para acá y siguen adentro. Es muy difícil sacarlos hasta que no haya un recambio generacional completo y los que vengan no tengan los mismos vicios. Es complicado trabajar con fuerzas de seguridad que no estén en connivencia con los delincuentes. Esto es uno de los núcleos que debería atacarse cuando se habla de inseguridad. Es una materia pendiente desde hace muchos años. Pero no es algo propio de Argentina, sino mundial. Es imposible que las fuerzas de seguridad no estén relacionadas con la delincuencia. Como en todas las fronteras, se habla un idioma mixto. Acá estamos ante la confluencia de dos idiomas: el de la delincuencia y el de la seguridad. En ese choque se da una amalgama. Uno vive del otro en una especie de simbiosis nefasta; y los que terminan siendo pasto de estas fieras son los más postergados, que caen en las garras de estas redes de todo tipo: de trata, de drogas, de lo que sea. En esto no se ha trabajado nunca. En nuestro poema mayor, que es el Martín Fierro, el héroe es un asesino, un borracho, un pendenciero. Este personaje se ha transfigurado en otros, pero sigue estando. Y la gente tiene fascinación por ese tipo de personajes.

 

–¿Qué es lo que produce fascinación?

 

–Un costado heroico o una epopeya sin épica, donde no hay valores. No hay épica, pero es lo que tenemos... Ya no hay lugar para héroes modélicos. Los héroes terminan siendo personajes de dudosa moral. Ahí tenés los cultos a los bandoleros, a Bairoletto o al Gauchito Gil; cultos populares que salen de la exaltación de este tipo de personajes que están fuera de la ley. ¿Qué fascina de esos personajes? Sus vidas al límite, su violencia. Miramos la violencia con fascinación; culturalmente nos queremos deshacer de ella, pero la sociedad está fascinada con la violencia. La sociedad es una construcción que surge de la violencia. Benjamin hablaba de la administración de la violencia, que el Estado administra la violencia y con eso funda la ley. Todo documento de civilización es también un documento de barbarie. Somos más animales de lo que pensamos; es más lo que nos tira la biología que la mente.

 

–¿Qué personaje de Entre hombres podría encarnar una nueva transfiguración del Martín Fierro?

 

–Yo creo que estaría en los ladrones, en Mosca o el Zurdo, muy violentos y con una historia personal muy dura. Estos personajes son perseguidos por el Estado, excluidos por la sociedad; y esa lucha por prevalecer es el camino del héroe o el camino hacia la muerte, que es en definitiva lo que termina pasando.

 

–¿Por qué aparecen un juez y un senador nacional en la trama policial?

 

–Todo texto es político. La novela está atravesada por esa atmósfera de corrupción generalizada y desmadre de los años 90. Entre hombres transcurre en el 96 y en esa época se percibía un clima de tensión y de inminente derrumbe. Prefigura un poco el estallido del 2001. Eso lo dice Elsa Drucaroff. Hay una escena en que un tipo está esperando que vengan los tipos de las villas; está esperando los saqueos.

 

–Entre hombres refleja un mundo sin esperanza. Si tuviera que escribir hoy esta novela en el conurbano bonaerense, ¿sería una atmósfera tan escéptica y sin esperanza?

 

–Sí y no, diría. Hubo cambios y son innegables; pero hay una realidad que sigue siendo muy dura. Lo que cambió es el consumo de los tóxicos. El pasaje de la cocaína al paco modificó radicalmente el funcionamiento de la delincuencia. Las bandas organizadas, que siguen operando en menor medida acompañadas por la policía, empezaron a usar a los más chicos. Aunque se han hecho cosas, ojalá llegue un cambio real a la vida de esta gente. Es un drama muy fuerte y no me parece que sea comparable con lo que pasó en los ’90 en cuanto a lo macro. Si uno toma los años ’90, la desintegración era completa en todos los órdenes y la desesperanza era muy grande. Ahora hubo cambios y no percibo esa tensión que se vivía todo el tiempo en los 90, que iba de abajo hacia arriba. Quizás hoy la tensión viene de arriba hacia abajo, lo que implica otra clase de lucha y de adversarios. Material para hacer novelas negras pesimistas no creo que me falte...

 

–Quizá a fines de los ’90 no era tan frecuente apelar al policial para narrar un presente de descomposición política y social...

 

–No, es cierto, no había muchos antecedentes. Después de 2001 empezaron a aparecer más novelas y lo celebro porque me gusta que suceda. El policial siempre tuvo una suerte dispar en la Argentina. Está la tradición del policial anglosajón más que nada, las incursiones de Bioy Casares y Borges con Bustos Domecq; los primeros cuentos de Walsh también, que se ve claramente en Variaciones en rojo por esa manera de resolver los problemas del “cuarto cerrado”. El policial americano se adapta más a la realidad. Piglia ha hecho mucho para que ese policial también tenga un reflejo en nuestra sociedad. Como venimos atravesados históricamente, es uno de los géneros más favorables para construir un tipo de novelas donde hay un relato por un lado y la lectura política que se puede hacer de toda una realidad de época, por otro. En definitiva lo que hace que la novela sobreviva no es sólo el policial en sí sino el reflejo particular que hay de la realidad de una época.

 

–¿De qué modo ha influido el cine en su escritura?

 

–La novela no está armada como una película, pero podría funcionar como una película. Lo que tiene más de cinematográfico es el uso de imágenes y una especie de ritmo que acerca la novela a un film de acción. La influencia está y la tenemos muchos escritores a los que nos interesa el policial hecho en Estados Unidos y que buscamos mantener una tensión y un enganche con el lector para que siga leyendo. Es el impacto de la acción permanente; los personajes se mueven en un mundo donde hay más acción que palabras, y que genera esa sensación de estar viéndolos.

 

–Juan Villoro dijo que Entre hombres es como “si James Ellroy se enfrentara con Boogie el aceitoso”. ¿Está de acuerdo con esta definición?

 

–Es innegable la influencia de toda una estirpe de escritores de policiales norteamericanos de la que forma parte Ellroy; pero a mí me gusta mucho Jim Thompson también; hay una fascinación o una simpatía por sus personajes truculentos. Y obviamente tengo una pata local y no me parece mal que me compare con Fontanarrosa y ese personaje entrañable que es Boogie el aceitoso. Al contrario, es todo un honor para mí.